El escenario político argentino atraviesa una etapa de profunda revisión estratégica. La caída en las encuestas y un evidente techo de Javier Milei obligan a La Libertad Avanza a modificar su ingeniería electoral de cara al futuro. Esta pérdida de caudal en la opinión pública no solo reconfigura los armados partidarios, sino que también acelera las tensiones internas y abre una fuerte disputa por el postmileísmo entre los distintos socios de la coalición gobernante y la oposición.
La tensión con los gobernadores y el PRO
Los mandatarios provinciales han comenzado a marcar distancia frente a los incumplimientos en la llegada de fondos y el avance libertario en sus distritos. Un ejemplo claro de esta fricción es la avanzada en Tucumán con el lanzamiento de Lisandro Catalán, lo que genera cortocircuitos con el gobernador Osvaldo Jaldo. Mientras tanto, en el espacio amarillo debaten intensamente los riesgos y beneficios de una alianza definitiva. Un sector importante considera que marchar juntos diluye su identidad partidaria y fortalece la mencionada disputa por el postmileísmo, prefiriendo perfilarse como una opción de poder independiente ante un oficialismo que muestra signos de desgaste en su base de sustentación social. Incluso, algunos dirigentes del PRO sostienen que el objetivo libertario es destruir a su partido antes que al kirchnerismo, ya que cada vez que Milei cede terreno, el espacio amarillo capitaliza ese descontento en las mediciones.
Movimientos tácticos, fórmulas y horizontes electorales
Las fichas se mueven tanto en el Congreso como en los distritos clave. Encuestas reservadas que maneja la Casa Rosada indican que una fórmula presidencial encabezada por Javier Milei junto a Patricia Bullrich sería la más competitiva para la reelección, superando en intención de voto a otros binomios en danza. Sin embargo, la relación está lejos de ser armónica: mientras Bullrich gana centralidad y es crítica del verticalismo oficialista, en el entorno de Karina Milei existen fuertes recelos. Paralelamente, el gobernador salteño Gustavo Sáenz asoma como otro inesperado postulante a integrar un acuerdo nacional, o bien a articular una opción de peronismo dialoguista por fuera del universo violeta para dividir el voto opositor.
La irrupción de figuras dispuestas a competir, el reacomodamiento territorial y los cruces tácticos —como los cuestionamientos de los libertarios a la gestión de Jorge Macri en la Ciudad de Buenos Aires o la postulación de Hernán Lacunza— demuestran que nadie quiere quedar relegado. El pragmatismo se impone por sobre los deseos iniciales, marcando el pulso de una transición compleja donde cada actor busca asegurar su supervivencia política frente a un escenario legislativo y social cada vez más disputado.



