En el tablero de la economía argentina actual, la estrategia de Javier Milei parece inspirarse en las viejas máximas de Roy Cohn, el célebre mentor legal de Donald Trump en Nueva York. Lejos de ceder terreno ante los datos adversos o reconocer errores en la gestión cambiaria y monetaria, la Casa Rosada opta sistemáticamente por contraatacar, negar las críticas y desplazar la responsabilidad hacia factores externos o opositores, aplicando aquella doctrina de no admitir nada y nunca reconocer una derrota.
La batalla por el relato cotidiano
Mientras los mercados operan con un dólar MEP en $1.531,70 para la compra y $1.545,30 para la venta, y un dólar informal que ronda los $1.530,00 y $1.550,00, el oficialismo enfrenta un desafío mucho más complejo que la herencia recibida: la experiencia diaria de los ciudadanos. La estrategia de Javier Milei ya no se limita a discutir el pasado o las ideas del socialismo, sino que busca reinterpretar activamente el presente económico de las familias, intentando moldear cómo la sociedad interpreta fenómenos como la morosidad o la caída de la natalidad.
Frente a las turbulencias financieras o cuando aparecen datos económicos perjudiciales —como ocurrió tras el desarme de las Lefi—, el Presidente rara vez comienza diciendo que se equivocó. A diferencia de liderazgos más concesivos del pasado, el movimiento oficial es casi siempre el mismo: no absorbe el golpe, lo devuelve, buscando otro responsable u otra causalidad para mantener a su tropa permanentemente a la ofensiva.
Los límites frente a la experiencia diaria
Sostener la credibilidad mediante la reinterpretación constante de la macroeconomía es un recurso poderoso, pero la estrategia de Javier Milei tropieza con un adversario inquebrantable: la calle. Discutir con las estadísticas o con la ideología contraria funcionó para transformar el mapa político, pero gobernar exige convencer sobre los resultados del presente.
Esta táctica de confrontación permanente enfrenta el límite de los rendimientos marginales decrecientes. Como advierten los analistas, cuando la brecha entre la épica triunfal de los logros oficiales y el bolsillo real se amplía demasiado, la confrontación deja de percibirse como rebeldía y comienza a sonar a negación de los hechos cotidianos. Contra el pasado se puede discutir con argumentos, pero la realidad material termina imponiendo sus propias reglas más allá de cualquier relato.



