El dilema del dólar y la economía real bajo la lupa del riesgo país

Ago 25, 2026 | Economía, Política

En las últimas jornadas, el mercado cambiario experimentó un movimiento significativo cuando el valor de la divisa mayorista superó la barrera de los $1.500 por primera vez, en una rueda donde el Banco Central apenas pudo comprar US$11 millones y las tasas overnight cedieron del 29% al 23%. Frente a este escenario, muchos analistas de la City interpretaron el hecho como un posible cambio de prioridades en la gestión oficial, buscando otorgar mayor oxígeno al aparato productivo. Sin embargo, un análisis detallado de la coyuntura demuestra que la economía real sigue enfrentando fuertes tensiones, evidenciando que no nos encontramos ante un giro radical, sino más bien ante una estrategia de control de daños por parte del equipo económico, acorralado por tasas que rozan el 32% para las empresas y una morosidad familiar en su nivel más alto en dos décadas.

Un crecimiento a dos velocidades

Desde el inicio de la actual administración de Javier Milei, la dinámica sectorial se ha comportado de manera muy desigual. Mientras que sectores específicos vinculados a la minería y la energía muestran un dinamismo notable, operando como verdaderos enclaves intensivos en capital, otras áreas fundamentales para el empleo masivo, como la industria (que sigue por debajo de los niveles de 2023) y la construcción —el sector que más mano de obra ocupa, con un derrumbe cercano al 20%—, continúan operando en terreno negativo. Esta asimetría genera un espejismo estadístico donde pocos rubros exportadores traccionan los promedios generales, mientras el tejido productivo cotidiano sufre los costos de un esquema fuertemente dependiente de la estabilidad nominal. Tal como advirtió hace más de medio siglo Albert Hirschman, la falta de eslabonamientos sólidos impide que la bonanza de los enclaves de Vaca Muerta o el litio se traduzca en una mejora generalizada para la economía real.

La trampa del ancla y los riesgos futuros

La prioridad absoluta del Gobierno continúa siendo la baja de la inflación, convertida en su único y principal capital político, al punto de estar dispuesto a sacrificar salario, empleo y actividad antes de arriesgar esa bandera. Para sostener este objetivo, se recurre permanentemente a la ingeniería financiera (futuros, rollover, REPO, letras atadas al dólar) y a la contención cambiaria, postergando la discusión sobre un plan de desarrollo genuino. No obstante, la literatura económica —desde los aportes de Miguel Kiguel, Nissan Liviatan y Carlos Végh hasta las advertencias históricas de Rudiger Dornbusch— demuestra que ningún esquema de estabilización basado en el tipo de cambio puede sostenerse indefinidamente sin el respaldo de una base productiva sólida. Las recientes pruebas de fuego que enfrenta el Tesoro, con millonarios vencimientos de bonos dólar-linked, y la suba en los indicadores de vulnerabilidad —con el riesgo país nuevamente instalado por encima de los 500 puntos— reflejan que el mercado ya comienza a pricear las debilidades estructurales, anticipando un posible sudden stop y poniendo a prueba la frágil capacidad de resistencia de toda la economía real en este complejo tablero financiero.

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